Fuentetaja

 

Boletín de novedades

Nuestra filosofía resumida en las cinco preguntas más frecuentes

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Habría que puntualizar primero que somos reacios a usar la palabra "escuela" para describirnos: es una terminología que, desde nuestro punto de vista, ha sido usada un poco a la ligera. La didáctica de la escritura creativa en castellano es un área de desarrollo muy reciente, está en permanente evolución, sin regular y su ámbito natural de actividad son, hoy por hoy, los talleres de escritura —al margen de algún intento de "master" lanzado por algunas plataformas educativas, con una base de reglamentación muy endeble a la hora de emitir titulaciones que son imprescindibles al uso de términos como máster o escuela.

Taller y Escuela son conceptos diferentes, se basan en metodologías y objetivos diferentes, aunque puedan convivir. En nuestro caso preferimos considerarnos una "plataforma de talleres de escritura" y evitar términos que aluden a las estructuras reguladas y académicas de la enseñanza. Pensamos que para "hacer" escuela o "ser" escuela hace falta un bagaje de experiencia contrastada mucho mayor que los poco más de 25 años que tiene en España esta disciplina.

En nuestro caso es una cuestión de humildad que también busca alertar a incautos: no basta considerarse a sí mismo escuela para, en rigor, serlo. Nos consta que muchas de las decenas de las autodenominadas escuelas que se dedican a estas disciplinas en el mundo hispanohablante —han florecido de forma espectacular en los últimos años— son iniciativas de aficionados que esgrimen el haber estado unos años en un taller de escritura como experiencia suficiente para fundar una Escuela. No nos parece el camino correcto. Propicia muchos malentendidos, de los que centros como el nuestro, tradicionalmente más cautelosos en el uso de la terminología, somos víctimas colaterales.

Aclarado ese punto, sobre nuestra historia podemos contar que cuando Ramón Cañelles, como fundador del proyecto educativo Fuentetaja, comenzó a impartir talleres literarios en Madrid —el primero fue un taller dirigido a profesores de lengua y literatura para ofrecerles herramientas lúdicas con las que trabajar el lenguaje y la escritura de una forma creativa, al margen del rígido y polvoriento programa de las asignaturas de Lengua y Literatura— los talleres de escritura creativa eran una auténtica rareza por estos pagos. Corría el año 1985 y muchos escritores españoles ni sabían lo que era un taller literario. Ese desconocimiento llevó a muchos a mirar con desconfianza esos artilugios educativos que a su parecer prometían hacer escritores. Un grave malentendido. A nuestro sentir, un taller de escritura nunca debería favorecer esa expectativa de hacer escritores —con la que se ha abusado y se abusa mucho— pues ser escritor o no serlo es algo que dependerá de otros factores que asistir dos horas a la semana a un taller durante unos años.

Por supuesto que un taller de escritura puede ayudar a profundizar en una afición y asentar la posibilidad de un oficio. Sin embargo, ser escritor, dedicar buena parte de la vida con plena profundidad a la creación escrita, es algo que tiene que ver con muchas otras dimensiones de la existencia y de la experiencia que la de participar con provecho en uno o varios talleres de escritura. En cualquier caso, aclarar que en rigor no fuimos los primeros.

En el Madrid de los 80 había dos o tres talleres literarios regentados por argentinos, la mayoría exiliados políticos. Conocimos a varios y ese contacto fue muy valioso para nosotros. Durante años mantuvimos una relación de amistad y colaboración con ellos. De ese grupo, la persona a nuestro parecer más valiosa, que sigue ejerciendo, era Clara Obligado. Ella estaba antes que nosotros. Eso sí, en el marco de un concepto y formato de taller —propio, en general, de los de tradición latinoamericana— que nosotros calificamos como "taller de autor".

En contraste con el taller de autor, en lo que nosotros sí fuimos los primeros, al menos en España, fue en crear una infraestructura ambiciosa y sólida, con arquitectura de empresa, que permitiese mantener un equipo de trabajo amplio y polivalente con el objetivo de profundizar y popularizar al tiempo las distintas posibilidades de la didáctica de la escritura creativa y temas afines. Valga señalar que en esa estructura que creamos se incorporarían con el paso de los años también muchos talleres de autor diferentes, pero el conjunto de las actividades ofrece mucho más que lo que el tradicional taller de autor puede ofrecer. Y para nosotros, lo más importante: cada uno se hace el programa de cursos, talleres y seminarios a la medida de su curiosidad y sus intereses, durante el tiempo que desea, sin tener que rendir cuentas de créditos y toda esa parafernalia universitaria de calificaciones, controles y certificados que tan inapropiada es para cualquier enseñanza relativa a la creación.

Arte es excepción, no regla: ahí radica el conflicto que implica insertar la educación de las capacidades artísticas en un sistema reglado con criterios de evaluación que al cabo serán siempre relativos. Para completar la respuesta valga recordar que hoy somos la plataforma que acumula la mayor experiencia en el ámbito hispanohablante, con más de 400 actividades distintas —talleres, seminarios...— convocadas a lo largo de casi 30 años, y un equipo amplísimo de colaboradores, de registros y especialidades muy diferentes, que producen de forma permanente nuevas propuestas e investigan nuevas perspectivas. Nunca paramos de investigar e inventar. Esa es nuestra pasión, no acomodarse y tratar de estar siempre en vanguardia. Otra cosa sería una traición a lo más esencial que toda educación de las capacidades artísticas de la persona debería tener siempre presente. 

Pregunta2

La respuesta a esa pregunta requeriría una investigación y la consecuente escritura de un ensayo, probablemente muy extenso. No es fácil determinar, sin una investigación en profundidad, las razones de ese desfase. Sí lo es sin embargo aventurar las que posiblemente sean las razones principales: los crónicamente pobres programas de Lengua y Literatura en las Escuelas de Magisterio, un signo más del atraso endémico en España en tantos temas relativos a la educación frente a otras tradiciones educativas en el mundo anglosajón, germánico, francés o latinoamericano, agravado por 40 años de oscuridad franquista; la corrupción y el nepotismo también endémico de las estructuras universitarias españolas que paralizan la necesaria fluidez, racionalización, capacidad de riesgo y plena organización y efectividad de las universidades: han sido plataformas como la nuestra las que han hecho el trabajo que han dejado de hacer las universidades —universidades que, por cierto, en algunos casos empiezan a despertar y acuden a nosotros para que les ayudemos a montar y avalemos sus departamentos de escritura creativa—; la posición reaccionaria de muchos escritores españoles frente a la cuestión de la didáctica de la creación literaria, quizás debido a una suerte de superioridad de carácter mítico que se asigna a la figura del escritor, proyección en la que tradicionalmente entran al trapo muchos autores de forma más o menos solapada, espoleados suponemos por la vanidad.

Todavía hoy es común apelar al "genio" —esa condición "superior"— para explicar el elemento más definitorio que capacita al escritor, una suerte de cualidad innata que parece asignada a unos elegidos por una varita mágica propia de un cuento de hadas.
Valga aclarar que, a efectos didácticos, ese misticismo es de lo más pernicioso, así que prescindimos totalmente de él en nuestra forma de abordar nuestro trabajo.
Son, seguro, muchos otros los factores que influyen en el desfase que plantea su pregunta pero, insistimos, desvelarlos con rigor es tarea de una investigación en profundidad, hoy por hoy pendiente. Investigación que, al ser nosotros actores de primera línea de su objeto de análisis, obviamente no somos los más indicados para abordar.


pregunta3-4

Comenzaremos la respuesta a estas preguntas —que son preguntas siamesas— con dos preguntas retóricas, también siamesas:

¿Ser persona se enseña y se aprende?
¿La persona nace o se hace?

Según cada uno responda a estas preguntas será la respuesta a las preguntas que se nos hacen. Permítasenos, al margen de lo dicho, una reflexión.
Partimos de la base de que para nosotros todo ser humano es un contador de historias. Contar historias es algo consustancial a la condición humana. A partir de esa evidencia, hacerlo mejor o peor dependerá de muchos factores. Por ejemplo: si tuviste de pequeño una abuela o abuelo que te transmitió la tradición oral de los contadores de historias de toda la vida, si mimaron en ti desde niño el amor y el placer por atender a una historia bien contada, tendrás muchas (¡muchísimas!) más posibilidades tú mismo para ser un buen contador de historias, quizás incluso un buen escritor. Entre los numerosos factores que determinan el desarrollo de la capacidad de escribir no nos interesa demasiado el muy manido concepto de talento, tan sobrevalorado y errático en su definición.
En general la observación, el estudio y la experiencia nos indican que los así llamados "grandes" escritores no lo son por una cuestión de mayor o menor talento sino por una cuestión de necesidad: aquellos que les va la vida en ello, que en lo más profundo de su ser no pueden evitar escribir, tienden a producir obras mucho más honestas, profundas y visionarias, incluso aunque no hayan recibido ninguna educación previa sobre el arte del oficio.

A lo largo de la historia la mayoría de los autores que han sobrevivido al tiempo surgen de una inequívoca pasión por la lectura unida a una imperiosa necesidad vital, digamos que insuperable, para poner su vida a disposición de escribir historias y/o reflexiones. Esa explicación de una auténtica y profunda necesidad ayuda a entender esta cuestión del ser escritor mucho mejor que la explicación de la etérea condición del "talento", que en general termina por llevar a un callejón sin salida.


Lo que es evidente a nuestro juicio es que cualquiera puede aprender a escribir con originalidad, corrección y creatividad, y que es algo que objetivamente enriquece a cualquier persona, completando su formación integral. Otra cosa es la muy extendida fantasía de llegar a ser escritor. Es una fantasía legítima, por supuesto, pero las razones socio-culturales que nosotros apreciamos que están detrás de esa extendídisima ilusión nos parecen muy criticables. Pormenorizarlas alargaría demasiado esta respuesta.

Decir sólo que nos parece banal pretender ser algo más que un contador de historias honrado y correcto. La vida dirá si las historias que surjan de cada uno tienen algo que las pueda hacer necesarias y provechosas para otros, si quien las escribió será considerado como escritor o digno aficionado.

En todo caso, que no sea la vanidad del autor la que dirija la difusión de su obra y lidere el juicio sobre su categoría (escritor, amanuense, maestro...), como desafortunadamente tiende a ser el caso en nuestras culturas regidas por la dictadura del mercantilismo compinchada con la aberración del star-system, que todo lo corrompe.


Pregunta5

Les gusta escribir y quieren hacerlo mejor. Tan sencillo como eso. A quienes llegan a nosotros confundidos por el abuso del término "escritor" con que muy diversas plataformas lectivas seducen a sus estudiantes, tratamos de hacerles ver lo que ya se sugiere en nuestras respuestas anteriores: aquí no hacemos escritores, aquí te ayudamos a escribir y a leer mejor, a profundizar en recursos, a discutir tus escritos, a disfrutar investigando, probando y equivocándote, a entrar en una comunidad de personas que, como a ti, les gusta escribir, a quienes tú ayudarás y ellos te ayudarán en el contexto de un foro permanente de análisis y discusión sobre vuestros textos.
Si vienes a un taller de escritura y quieres ser escritor, mejor deja durante un tiempo esa ambición o fantasía a buen recaudo en un armario de tu casa.
Si tras pasar unos años trabajando en uno o varios talleres de escritura, todavía te parece que ser escritor sea el objetivo más ansiado de tu vida —¿y cómo llegar a ser escritor sin que lo sea?— , rescata entonces esa ambición del armario y refléjate en ella a ver si sientes lo mismo que cuando la guardaste, y actúa en consecuencia. Pero mientras participas en un taller de escritura —salvo quizás en los muy especializados, que son una pequeña minoría— no olvides nunca que ahí todos somos aficionados a escribir, nadie debe presumir ni pretender ser escritor. Y no olvides tampoco que todo lo que crees, intercambies y aprendas en él tendrá pleno sentido por sí mismo y colaborará a enriquecerte como persona.
Sólo si tienes eso muy claro deberías entrar en una disciplina de trabajo como la que proponen la mayoría de nuestros talleres de escritura.
Recuerda: nadie (escuela, academia o institución) está legitimado para licenciar a un escritor, así que lo de "ser escritor" a guardarlo durante un tiempo en el armario. Situar el "ser escritor" como objetivo académico es un canto de sirena de dudosa legitimidad que hoy, en el ámbito de la didáctica de la escritura creativa, genera mucha confusión. Esas prevenciones, a nuestro juicio, ayudan a situarse mejor ante el aprendizaje de la escritura literaria sin que la vanidad y los sueños nos traicionen. También la de evitar frustraciones innecesarias.
Un taller de escritura siempre te enriquece; eso sí, si piensas que es el camino que te hará escritor, es muy posible que te decepcione.